PROTESTAS CONTRA MACRON SE AGRAVAN

FRANCIA: LAS PROTESTAS CONTRA MACRON SE AGRAVAN

Lo que falló ayer no fue el “dispositivo de seguridad” que montó el ministro del Interior, Christophe Castaner, para “proteger” los edificios gubernamentales de París y de otras capitales, ante el “tercer acto” de la protesta nacional de los chalecos amarillos (gilets jaunes).

Lo que sirvió de caldo de cultivo para los violentos desmanes de este sábado fue la sordera y terquedad del gobierno y la ausencia de diálogo real con un movimiento de cólera popular que recorre el país desde hace más de tres semanas y que pide, sin obtener respuesta alguna del Estado, devolver la capacidad de compra de los sectores más pobres de la base social francesa. PROTESTAS CONTRA MACRON SE AGRAVAN

Los disturbios del 1 de diciembre fueron aún más violentos que los del sábado anterior. Esta vez los motines llegaron a otras ciudades: Burdeos, Marsella, Toulouse, Nantes, Dijon, Puy-en-Velay y Narbona, donde también hubo destrucciones y hasta incendios. Según cifras oficiales, ayer hubo 166 000 manifestantes en todo el país. En particular, los disturbios de Paris fueron los peores. Aquí hubo 133 heridos (110 civiles y 23 policías), 412 detenciones, 187 incendios (entre éstos 6 inmuebles y decenas de automóviles). Los Campos Elíseos, y numerosas plazas y calles centrales de Paris, fueron sepultadas por espesas capas de humo y gases lacrimógenos en las horas más duras de la refriega.

El impotente Castaner trató de disculparse diciendo que había desplegado todas las fuerzas a su disposición: 4 500 policías en París y 65 000 en el resto del país. Pero sus órdenes fueron más o menos las mismas que habían disparado los disturbios del 24 de noviembre: despejar por la fuerza las calles de manifestantes mediante arremetidas de la policía armada de cascos y bolillos, usando cañones de agua, granadas lacrimógenas y pistolas flash-ball. Estas dos últimas armas son prohibidas en varios países europeos.

Tal esquema no calmó la cólera de los manifestantes. Todo lo contrario: la transformó en verdadera furia destructiva. Así, los gilets jaunes no hicieron nada para evitar que los profesionales del extremismo, los llamados “casseurs”, con máscaras antigás y cascos de ski en la cabeza, irrumpieran y sembraran la violencia por donde pasaban, atacando a los antimotines aislados y hasta pintando frases en el Arco del Triunfo.

Levantaron barricadas, destrozaron boutiques, restaurantes y bancos y prendieron fuegos donde pudieron. Los gilets jaunes que manifestaban sin violencia, pues entre ellos había hasta abuelos, no pudieron frenar nada. Según los sondeos, el 85% de la opinión pública respalda el movimiento de los chalecos amarillos, a pesar de la campaña de diabolización que cierta prensa hace contra ellos.     La petición de Priscillia Ludosky, una vocera de los chalecos amarillos, contra el aumento de impuestos de los carburantes, y contra la precariedad social, ha sido firmada por más de un millón de personas.

Los distritos más selectos y turísticos de París –como los de Etoile, Opera, la calle Rivoli, la avenida Foch, la avenida Kleber–, fueron especialmente afectados. Los voceros del partido macronista aprovecharon tal caos para acusar una vez más a los chalecos amarillos de ser “nazis”, “destructores”, “guerrilleros” y querer “derrocar a Macron”, quien se encontraba en Argentina al momento de los hechos. Ningún medio osó criticar la política inepta de Castaner.

Al día siguiente, la línea inflexible de varios elementos del gobierno era: “Vamos a escuchar [a los chalecos amarillos] pero no vamos a cambiar de rumbo”.

Esa línea torpe de ignorar a un pueblo que sufre comienza a generar un fuerte malestar dentro del propio partido LREM (macronista) hasta el punto que algunos diputados de esa formación están pidiendo cambiar la línea y hacer concesiones a los manifestantes. Los partidos de oposición no dicen otra cosa desde el comienzo de la movilización de los gilets jaunes y han hecho pronunciamientos contra la desaforada “fiscalidad verde” de Macron.

Los chalecos amarillos. A través de dos voceros informales, Jacline Mouraud y Benjamin Cauchy, dicen que no intentan hacer la revolución y que solo quieren poder “llenar de alimentos las neveras para tener una Navidad digna con sus hijos”.  Un vocero de ellos lanzó una frase que se ha hecho famosa: “El gobierno nos habla del fin del mundo (si no hay transición ecológica). Nosotros hablamos del fin de mes”. En particular, solicitan un diálogo que resulte en un “proyecto viable y creíble” que ponga fin a la crisis.

Las reivindicaciones más frecuentes de ellos son muy aterrizadas: la eliminación del nuevo impuesto a los combustibles, la cancelación del aumento del control técnico de los vehículos motorizados, el aumento del salario mínimo legal, fijar una pensión de jubilación mínima de 1 200 euros y la restauración del impuesto a las grandes fortunas (ISF). También piden la apertura de una discusión general sobre los impuestos. Pero nadie los convoca a dialogar.

Macron renunció a la reunión internacional en Polonia y regresó a París.

Algunos de sus ministros proponen que instaure el estado de urgencia (una especie de estado de sitio) para doblegar por la fuerza a los “amotinados”. Pero la ministra de Justicia, Nicole Belloubet, estima que eso no arreglará nada. La central sindical CFDT dice lo mismo y pide negociaciones. Dos líderes opositores de signo diferente, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon, piden la disolución de la Asamblea Nacional y elecciones legislativas. Laurent Wauquiez, de Los Republicanos, pide un referendo sobre las alzas de impuestos y la transición ecológica.

El Senado tampoco está conforme con la orientación autoritaria del gobierno. La comisión de leyes del Senado, dominado por la derecha, hizo saber que ha convocado a Castaner y a su colaborador más inmediato, Laurent Nunez, para que respondan por la catástrofe de ayer en París.

¿Habrá un “cuarto acto” el sábado que viene? Es posible, pues Emmanuel Macron sigue temiendo que si cede su programa de reformas social-liberales, basada en aumentos de impuestos a todo dar, perderá piso y los partidos de oposición podrían pedir nuevas elecciones legislativas, lo que podría desembocar en un gobierno de cohabitación que arruine los planes presidenciales. Así, en lugar de hablar y mostrar una vía nueva, Macron trata de ganar tiempo: le pidió al primer ministro, Edouard Philippe, que se reúna con los jefes de los partidos políticos y con los jefes de los Gilets jaunes. Pero no fijó fecha para esa operación. Falta saber qué harán los chalecos amarillos para dotarse de una dirección representativa y elevar una plataforma única de reivindicaciones.

PROTESTAS CONTRA MACRON SE AGRAVAN

Por Eduardo Mackenzie
@eduardomackenz1

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